Se le atribuye a Albert Einstein la frase: «La definición de locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes». Ya sea que realmente lo haya dicho o no, la definición se mantiene.
Esta definición también describe muy bien la guerra de la administración de Trump contra Irán. Según informes de los medios, el primer ministro israelí Netanyahu le convenció al presidente Trump de que esta sería una «guerra fácil», como la de Venezuela. Solo había que asesinar a los líderes iraníes, prometió, y el cambio de régimen traería un gobierno proamericano a Irán.
La CIA no estuvo de acuerdo con esa evaluación, pero Trump siguió a Netanyahu y el resto ya es historia.
Los «ataques de decapitación» no cambiaron el liderazgo en Irán. Al igual que ocurrió en los EEUU tras los ataques del 9-11, el pueblo se unió en torno a la bandera. Los nuevos líderes estaban menos interesados en un compromiso que sus predecesores asesinados.
Así que comenzaron los bombardeos. Semanas de bombardeos. Pero eso no funcionó; solo agotó nuestras reservas de armas, que ya eran escasas.
Luego, la «diplomacia» sustituyó a las bombas y ambas partes firmaron un Memorando de Entendimiento. La parte americana rompió inmediatamente el acuerdo al intentar abrir un nuevo corredor marítimo por la fuerza, y las bombas volvieron a caer.
Durante el último mes, los bombardeos se detuvieron solo para reanudarse el fin de semana pasado, con un ataque de los EEUU contra una isla iraní. A esto le siguieron nuevamente múltiples ataques iraníes contra bases de EEUU en la región.
Bombas, luego diplomacia; bombas, luego diplomacia. El presidente Trump nos ha dicho docenas de veces que la guerra ha terminado y que hemos ganado, pero ya nadie lo cree. Afirma que los EEUU controla por completo el Estrecho de Ormuz, mientras que los corredores marítimos están vacíos.
Las fuerzas armadas de los EEUU se han visto llevadas al límite. Los marineros y marines de EEUU soportaron un despliegue sin precedentes en condiciones terribles a bordo del USS Abraham Lincoln y otros buques en el mar. Pero este fin de semana pasado vimos la señal más reveladora de un ejército que se rebela contra órdenes que no tienen sentido. El secretario del Ejército, Dan Driscoll, renunció a su cargo, supuestamente debido a desacuerdos con el secretario de Defensa, Pete Hegseth, sobre el impacto que la guerra está teniendo en la preparación militar. Driscoll se suma a varios oficiales de alto rango del Ejército de EEUU que han renunciado. Parece claro que el liderazgo militar de los EEUU no cree en la misión.
¿Quizás el presidente Trump debería escucharles a ellos en lugar de a su secretario de «Guerra», Pete Hegseth?
Hacer lo mismo y esperar resultados diferentes puede ser la definición de locura, pero otra definición podría ser iniciar una guerra al otro lado del mundo contra un país que ni te ha atacado ni te ha amenazado. La locura podría ser iniciar una guerra basada en las mentiras interesadas de un líder extranjero que, casualmente, se beneficia del conflicto. La locura podría ser seguir agotando el arsenal americano de misiles y otras armas tras años de guerra por poder contra Rusia a través de Ucrania. La locura podría ser cargar a las generaciones futuras con una deuda nacional de 40 billones de dólares y en aumento.
Es hora de tomar algunas decisiones muy difíciles. Esta guerra no se ganará con más bombardeos, y los iraníes ya no confían en nosotros como socios de negociación tras acuerdos incumplidos y afirmaciones falsas. La única línea de acción es empacar y regresar a casa. Dejemos que los pueblos de la región resuelvan sus propios problemas.