Mises Wire

La inflación destruye el bienestar familiar

Murray Rothbard veía al Estado como una institución intrínsecamente depredadora que busca el control total sobre el individuo. Para lograr este control, creía que el Estado busca debilitar o destruir las instituciones intermedias, sobre todo la familia nuclear.

Rothbard consideraba a la familia como el principal vehículo para transmitir la propiedad y la riqueza intergeneracional, inculcar valores morales, autodisciplina y tradiciones culturales, y proporcionar bienestar social y redes de seguridad de manera orgánica, sin necesidad de programas de asistencia social del Estado. Rothbard nos advirtió que la familia biológica no es una construcción artificial que puedan manipular los burócratas, sino más bien una estructura social esencial arraigada en la realidad natural de la crianza de los hijos y la transmisión del capital, que debe protegerse del Estado. Cuando nuestra nación debate sobre la política monetaria, ignora el impacto en la familia americana y hace caso omiso de las advertencias de Rothbard.

Si bien los debates gubernamentales sobre la inflación suelen centrarse en los porcentajes del Índice de Precios al Consumidor (IPC), las tasas de interés de la Reserva Federal y los indicadores de poder adquisitivo, sus consecuencias más profundas son la destrucción del tejido de la familia de clase trabajadora.

Para los hogares americanos, la inflación no es simplemente un inconveniente financiero —actúa como un factor de estrés social insidioso que altera la dinámica familiar, afecta la salud mental, degrada la confianza en las instituciones y obliga a hacer concesiones en materia de salud y vida comunitaria.

La política monetaria del gobierno es, en esencia, una cuestión moral, ya que los bancos centrales alteran los principios fundamentales del intercambio voluntario, los derechos de propiedad privada y la ley natural. En lugar de considerar la expansión monetaria como una herramienta administrativa neutral para la estabilización macroeconómica, académicos como Ludwig von Mises y Murray Rothbard demostraron que la creación de moneda sin respaldo constituye una forma institucionalizada de robo y fraude. Medir la inflación de manera agregada es extremadamente engañoso, ya que no afecta a todos de la misma manera. Cuando el Estado infla la oferta monetaria, diluye el poder de compra de las unidades monetarias existentes —redistribuiendo la riqueza real de los trabajadores, los ahorristas prudentes y quienes perciben ingresos fijos hacia los primeros receptores de los nuevos fondos (el Efecto Cantillon)— sin el consentimiento explícito ni los mecanismos de votación asociados con la tributación explícita.

Dado que la inflación actúa como un impuesto regresivo y oculto, su carga recae de manera abrumadora sobre los pobres y las clases trabajadoras. A diferencia de las personas con un alto patrimonio neto, los hogares de bajos ingresos gastan casi el 100 por ciento de sus ingresos en necesidades inmediatas e inelásticas, como alimentos, energía y vivienda —categorías que sufren rápidas subidas de precios durante las expansiones monetarias—. Además, los ajustes salariales históricamente van muy por detrás de los aumentos de precios, lo que significa que los trabajadores sufren una caída inmediata en su poder adquisitivo real. Como señalan los analistas del Instituto Mises, desde la perspectiva del Efecto Cantillon, los sectores de bajos ingresos se encuentran en el extremo más alejado de la cadena de transmisión monetaria. Para cuando el dinero recién creado llega a las familias trabajadoras a través de aumentos salariales nominales, los precios ya han subido de manera desigual en todo el mercado de consumo, lo que erosiona sistemáticamente su nivel de vida.

Más allá de los gastos de subsistencia inmediatos, la devaluación monetaria impulsada por el Estado destruye la principal herramienta financiera de la que disponen la mayoría de las familias: los simples ahorros en efectivo. Mientras que los grupos más adinerados cuentan con el capital para protegerse contra la inflación mediante la adquisición de bienes raíces, acciones y activos físicos resistentes a la inflación, los hogares de bajos ingresos mantienen principalmente sus activos líquidos en cuentas de ahorro básicas o en efectivo. Como destacan los académicos de la Fundación para la Educación Económica, las políticas de los bancos centrales que deprimen artificialmente las tasas de interés eliminan el rendimiento de los ahorros conservadores, lo que penaliza de hecho el ahorro y obstaculiza la movilidad social ascendente. Al elevar los precios de los activos al tiempo que diluye las reservas de efectivo, la expansión monetaria excluye a las familias de bajos ingresos de la propiedad inmobiliaria y obliga a los trabajadores a un estado de vulnerabilidad económica perpetua.

Cuando los gastos cotidianos —comestibles, vivienda, servicios públicos y gasolina— aumentan constantemente, la ansiedad financiera se extiende a los cimientos de la vida familiar. Los efectos sobre la familia americana de clase trabajadora pueden ser devastadores.

Los datos de la Oficina del Censo y de las encuestas de salud muestran de manera consistente que más del 75 por ciento de los adultos americanos reportan niveles elevados de estrés directamente relacionados con los aumentos de precios. A diferencia de las crisis económicas temporales, la inflación persistente crea un «ruido de fondo» constante de ansiedad. El dinero sigue siendo uno de los principales factores de conflicto conyugal. Cuando los presupuestos se ajustan sin previo aviso, las decisiones cotidianas del hogar —como las marcas de productos de supermercado o las actividades extracurriculares de los niños— se convierten en fuentes de fricción. Cuando el trabajo arduo y la administración del presupuesto ya no garantizan una calidad de vida estable, las personas experimentan una erosión de su control personal. Incluso cuando los salarios nominales suben, si los precios aumentan más rápido o se mantienen en niveles elevados, las familias sienten que están corriendo en una caminadora que se acelera cada vez más.

La inflación reduce el presupuesto familiar, y la participación social discrecional suele ser lo primero que se recorta. Asistir a fiestas de cumpleaños, viajar para reuniones familiares, participar en ligas deportivas recreativas o salir a comer con amigos se convierten en gastos discrecionales que los hogares ya no pueden justificar. A medida que las familias reducen sus salidas sociales para ahorrar dinero para los gastos esenciales, los círculos sociales se reducen. Esta dinámica alimenta sentimientos de aislamiento, particularmente entre las familias de clase trabajadora y las de padres solteros que carecen de un colchón financiero. Los niños absorben el impacto social de la inflación a través de una menor participación en programas deportivos, musicales y artísticos, así como del estrés de los padres en casa.

El cuidado infantil, el seguro médico y la vivienda —que experimentaron algunos de los mayores aumentos de precios— representan gastos no discrecionales para las familias. Mantener estas necesidades requiere recortes drásticos en otras partidas del presupuesto familiar.

La inflación en la vivienda —que abarca tanto los aumentos de renta como el alza vertiginosa de los precios de las casas, junto con tasas hipotecarias más altas— obliga a cambios estructurales en la forma de vida de los niños. Las familias que se adaptan a los alquileres más altos a menudo se mudan a departamentos más pequeños o adoptan arreglos de vivienda multigeneracionales en los que se comparten espacios, lo que reduce el espacio personal y las áreas tranquilas de estudio para los niños en edad escolar. Los aumentos bruscos de los alquileres obligaron a muchas familias de bajos ingresos a mudarse a mitad del año escolar a vecindarios más económicos. Las mudanzas forzadas interrumpen las redes de amigos, requieren cambiar de distrito escolar y se correlacionan con caídas notables en el rendimiento académico.

A medida que la inflación devasta la economía, provoca una disminución en el bienestar infantil. Los investigadores señalan que los rápidos aumentos en la inseguridad alimentaria, la inestabilidad de vivienda y la pérdida de empleo de los padres están directamente relacionados con mayores tasas de maltrato infantil, particularmente el descuido en la supervisión y el descuido físico.

Desde un punto de vista microeconómico y psicológico, los problemas económicos son una de las principales causas de inestabilidad familiar. La inflación acelerada funciona como una pérdida repentina y regresiva de los ingresos reales. Cuando el poder adquisitivo de una familia se ve mermado, las opciones se convierten en un juego de suma cero: pagar los alimentos o pagar la renta o la atención médica. Este estado constante de privación agota la capacidad cognitiva y la capacidad emocional, lo que hace que los hogares con dificultades económicas sean significativamente más propensos a tensiones familiares, crisis emocionales y violencia.

Los estudios sociológicos que analizan las crisis económicas confirman que la violencia de pareja es anticíclica, lo que significa que las tasas tienden a aumentar cuando los ingresos reales de los hogares caen, la seguridad laboral disminuye o el costo de vida supera el crecimiento salarial. La incapacidad para cubrir las cuentas mensuales básicas genera fricciones interpersonales persistentes, lo que eleva el riesgo de conflictos explosivos en los hogares vulnerables. Si bien la violencia doméstica es un fenómeno conductual complejo con múltiples causas que contribuyen a ella, el estrés económico —en particular la inflación repentina de bienes esenciales como los alimentos, la vivienda y la energía— actúa como un multiplicador de estrés bien documentado dentro de los hogares.

La inflación también hace que las familias americanas tengan peor salud. Ante las presiones inmediatas de los precios en la caja del supermercado o en la gasolinera, los hogares suelen hacer concesiones que comprometen su bienestar a largo plazo. Las encuestas nacionales indican que un porcentaje significativo de americanos retrasa o renuncia a citas médicas que no son de emergencia, revisiones dentales, sesiones de terapia y la renovación de recetas debido a los gastos de bolsillo durante los ciclos inflacionarios. La elevada inflación de los alimentos obliga a las familias a sustituir los alimentos frescos y ricos en nutrientes por alternativas más baratas, ultraprocesadas y con alto contenido calórico, lo que genera riesgos a largo plazo para la salud física de los sectores de ingresos bajos y medios.

Incluso las mascotas se ven afectadas por la inflación. Las familias con restricciones presupuestarias retrasan u omiten cada vez más la atención preventiva de rutina para las mascotas —como los exámenes anuales de bienestar, las limpiezas dentales, los tratamientos preventivos contra el gusano del corazón y las vacunas—. En muchos casos, los altos costos de los tratamientos veterinarios llevaron a la «eutanasia económica», en la que los dueños no podían costear procedimientos que salvan vidas.

El aumento de las entregas de mascotas en los refugios también es consecuencia de los picos inflacionarios. Ese factor, combinado con una desaceleración en las adopciones de mascotas (ya que los desafíos inflacionarios hicieron que los posibles dueños dudaran en asumir nuevos compromisos financieros), dejó a los refugios operando al límite de su capacidad física o por encima de ella, lo que elevó las tasas de eutanasia de animales sanos en todo el país.

Cuando el poder adquisitivo de una moneda disminuye de manera constante, los ciudadanos sufren un robo arbitrario de su trabajo y sus ahorros. Las familias comienzan, con razón, a ver a los bancos centrales, los organismos gubernamentales y las instituciones corporativas con profundo cinismo, creyendo que el sistema económico está amañado o es inmanejable. Cuando la inflación reordena el poder adquisitivo de manera arbitraria, aumentan las tensiones sociales entre grupos demográficos, niveles de ingresos y generaciones.

Durante el ciclo inflacionario posterior a 2020, el aumento de los precios al consumidor alteró directamente la dinámica familiar, la estabilidad a largo plazo y la vida cotidiana de las familias americanas. Las desventajas causadas por los picos inflacionarios permanecen con nosotros durante largos períodos de tiempo, porque, a medida que las tasas de inflación disminuyen, los precios altos se mantienen. Mientras los macroeconomistas del Estado debaten el peso exacto del estímulo fiscal, la expansión crediticia del banco central y las perturbaciones en la cadena de suministro que podrían desencadenar un pico inflacionario, la erosión resultante del poder adquisitivo real causada por sus errores está causando un daño devastador a la familia americana. El hecho de que se tomen decisiones económicas generales que merman la seguridad familiar sin considerar en absoluto el impacto en la familia americana es inmoral. La devaluación de nuestra moneda por parte del gobierno no es solo un robo de activos, es un robo de la paz y la felicidad que se le arrebata a la familia americana.

image/svg+xml
Image Source: Adobe Stock
Note: The views expressed on Mises.org are not necessarily those of the Mises Institute.
What is the Mises Institute?

The Mises Institute is a non-profit organization that exists to promote teaching and research in the Austrian School of economics, individual freedom, honest history, and international peace, in the tradition of Ludwig von Mises and Murray N. Rothbard. 

Non-political, non-partisan, and non-PC, we advocate a radical shift in the intellectual climate, away from statism and toward a private property order. We believe that our foundational ideas are of permanent value, and oppose all efforts at compromise, sellout, and amalgamation of these ideas with fashionable political, cultural, and social doctrines inimical to their spirit.

Become a Member
Mises Institute